La comunidad del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial os da la bienvenida a esta página web y os desea que, al introduciros en los distintos rincones de este edificio y sus actividades, podáis captar la luz de la verdad de esta fundación.
Cuando Felipe II levantó este Monasterio se propuso en un principio que fuese un edificio en el que se acogiesen los restos mortales de su padre, Carlos V, y de la familia real. Para su custodia y sufragios puso una comunidad de monjes jerónimos que elevasen sus preces a Dios en acción de gracias y en súplicas por el eterno descanso de la familia real. Poco a poco, según se fue levantando el edificio, se fueron forjando nuevos objetivos, como ser residencia real, centro de cultura, seminario de estudios, talleres de oficios, hospedería, hospital…
Y todo bajo un común denominador: “que todo estuviese bajo razón”. Frase que usa el Padre Sigüenza para encomiar el edificio en sí, pero que se puede aplicar a todos sus fines. Sin olvidar que la razón debía estar en conformidad con la fe, la fe de Trento.
Los monjes jerónimos durante casi tres siglos fueron el alma de este gran cuerpo. Con la malhadada desamortización de Mendizábal desaparecieron los monjes y durante medio siglo el Monasterio padeció de esclerosis múltiples. Gracias a la intervención de S. Antonio María Claret durante 9 años y la llegada de los agustinos en 1885 se logró salir de este marasmo y se dio nueva vida a este monumento.
Hoy 28 religiosos agustinos seguimos siendo el alma de este edificio, siempre fieles a las pautas establecidas por Felipe II: buscar en todo la armonía entre razón y fe, cultura y religión.
La comunidad de frailes agustinos está integrada por sacerdotes, por estudiantes en periodo de formación, por los niños de la Escolanía y por el numeroso personal al servicio de este Monasterio.
Os invitamos a que os asoméis a esta ventana y contempléis con ojos limpios las maravillas que aquí se encierran, revitalizadas con nuestras múltiples actividades. Lo hacemos con palabras de Unamuno:
"Lo cierto es que apenas hay quien se llegue a visitar El Escorial con ánimo desprevenido y sereno, a recibir la impresión de una obra de arte, a gozar con el goce refinado y más raro, cual es el de la contemplación del desnudo arquitectónico... Casi todos los que a ver El Escorial se llegan, van con antojeras, con prejuicios políticos y religiosos... Van a buscar la sombra de Felipe II, mal conocido también y peor comprendido, y si no la encuentran, se la fingen."